La relación entre la francmasonería y la Revolución Francesa de 1789 constituye uno de los capítulos más fascinantes, debatidos y, a menudo, tergiversados de la historiografía moderna. Durante más de dos siglos, se ha perpetuado la narrativa de que las logias masónicas actuaron como laboratorios secretos donde se diseñó, de manera milimétrica y conspirativa, el derrocamiento de la monarquía de los Borbones y la destrucción de la Iglesia católica en Francia. Esta tesis, nacida al calor de la contrarrevolución y alimentada por intereses políticos absolutistas, ha arraigado profundamente en el imaginario popular.
Sin embargo, cuando se examina este fenómeno bajo el riguroso prisma de la investigación histórica contemporánea —analizando los trabajos de especialistas reconocidos como Charles Porset, José Antonio Ferrer Benimeli, Daniel Ligou, Margaret Jacob y Gaston Martin— la realidad emerge con una complejidad mucho mayor. La masonería del siglo XVIII no fue un bloque político monolítico ni una sociedad de conspiradores jacobinos. Por el contrario, reflejó de forma fidedigna las tensiones, contradicciones y divisiones de la propia sociedad del Antiguo Régimen.
Este artículo analiza en profundidad, y basándose estrictamente en fuentes académicas e historiográficas validadas, cuál fue el verdadero papel de la orden masónica antes, durante y después de la tormenta revolucionaria de 1789, desglosando los mitos de las realidades sociopolíticas de la época.
1. La Masonería Francesa en el Siglo XVIII: Sociología y Ortodoxia
Para comprender la actitud de los masones ante los sucesos de 1789, es imprescindible desmontar el primer gran anacronismo: la idea de que la masonería prevolucionaria era una organización laica, republicana y subversiva. Las investigaciones de archivos históricos demuestran todo lo contrario.
Fieles al Trono y al Altar
En la Francia de Luis XVI, la francmasonería era fundamentalmente ortodoxa en religión y leal en política. Dado que Francia era un Estado oficialmente católico, las logias integraron plenamente dicha confesionalidad. Los reglamentos de la Gran Logia de Francia (y posteriormente del Gran Oriente, fundado en 1773) prescribían de forma explícita el respeto a las autoridades civiles y eclesiásticas. El reglamento de 1755, por ejemplo, especificaba con claridad que los hermanos debían ser bautizados y cumplir con los sacramentos.
«La fisonomía de las logias en el siglo XVIII era profundamente respetuosa del orden establecido. Se iniciaba a los hombres bajo el juramento de fidelidad al Soberano, y las reuniones solían concluir con brindis dedicados al Rey y a la familia real.» — Charles Porset (Universidad de París-Sorbonne).
Una Presencia Masiva del Clero y la Nobleza
La tesis de una organización volcada en destruir a la Iglesia se desploma ante los datos sociológicos de las membresías de la época. El historiador español José Antonio Ferrer Benimeli, referente internacional en el estudio de las relaciones entre la Iglesia y la masonería, identificó en sus investigaciones a más de 3.500 miembros del clero católico dentro de las logias francesas del siglo XVIII.
- El estamento eclesiástico: Cerca del 10% de la población masónica francesa de la época (estimada en unos 30.000 a 40.000 hermanos distribuidos en unas 1.200 logias) pertenecía al clero. Había monjes mendicantes, vicarios seculares, canónigos e incluso abades que ejercían como Venerables Maestros (presidentes) de sus respectivas logias. Un caso paradigmático documentado por la historiografía es la logia La Vertu, instalada en el propio convento de Clairvaux en 1785.
- La alta nobleza y la realeza: Lejos de ser un reducto de burgueses resentidos, la dirección de la orden estaba en manos de la aristocracia más selecta. El propio Gran Maestro del Gran Oriente de Francia era Luis Felipe José de Orleans (el Duque de Orleans), primo hermano del rey Luis XVI, conocido más tarde durante el proceso revolucionario como «Felipe Igualdad». Junto a él, figuras de la corte, militares de alto rango y magistrados de los Parlamentos llenaban los talleres masónicos.
La masonería del Antiguo Régimen era, por lo tanto, un reflejo de las clases acomodadas y cultas de Francia. Era un espacio de sociabilidad elitista, donde se cenaba, se debatía de forma moderada y se practicaba la filantropía, pero donde la subversión política abierta estaba estrictamente prohibida por los estatutos de la orden.
2. El Vínculo con las Luces: ¿Espacio de Difusión o de Conspiración?
Si las logias eran sociológicamente aristocráticas y formalmente leales al Rey, ¿por qué se las vinculó de forma tan estrecha con la Revolución? La respuesta radica en la circulación de las ideas de la Ilustración (el Siglo de las Luces).
La Logia como Micromundo Democrático
Aunque los masones no conspiraran para derrocar al gobierno, las logias funcionaban bajo una estructura organizativa que, sin darse cuenta, desafiaba los cimientos ideológicos del absolutismo. Los historiadores como Margaret Jacob (Living the Enlightenment) sostienen que las logias fueron fundamentales para la modernidad política porque en su interior se ensayaron formas de gobierno civil que eran inéditas en la sociedad exterior:
- El mérito sobre el nacimiento: Dentro del templo masónico, los cargos (Venerable Maestro, Vigilantes, Orador) se elegían por votación democrática y periódica. Un burgués ilustrado podía presidir una logia donde un noble de sangre era un simple miembro. Esto minaba el principio de la jerarquía divina y estamental del Antiguo Régimen.
- La cultura del debate y la palabra: En las logias se debatía siguiendo reglas de orden, tolerancia y escucha mutua. Aunque se evitaban las disputas partidistas o teológicas directas, se leían fragmentos de las obras de los filósofos del momento y se analizaban conceptos como la «razón», la «felicidad pública» y la «tolerancia».
- La igualdad fraternal: El uso del término «Hermano» nivelaba ficticia pero poderosamente las diferencias sociales extremas de la época.
Los Filósofos y la Masonería
Existe el mito generalizado de que todos los grandes enciclopedistas franceses eran masones que dirigían la orden. La investigación histórica matiza notablemente esta afirmación:
- Voltaire: Solo fue iniciado al final de su vida, el 4 de abril de 1778, en la célebre logia Les Neuf Sœurs (Las Nueve Hermanas) en París, apenas unas semanas antes de morir. Su iniciación fue un acto más bien de homenaje político y filosófico mutuo que un reflejo de una vida activa dentro de la orden. Fue conducido al templo del brazo de Benjamin Franklin.
- Rousseau: No existen registros documentales fiables que demuestren su pertenencia a la masonería, a pesar de que sus conceptos de la «voluntad general» y el «contrato social» influyeron hondamente en muchos masones (y no masones) de la Revolución.
- Montesquieu: Sí fue iniciado en Inglaterra en 1730, y su pensamiento sobre la separación de poderes caló hondo en las logias de corte parlamentario y judicial en Burdeos y París.
La masonería, por lo tanto, no inventó la Ilustración ni actuó como su brazo armado secreto. Fue, en realidad, una de las muchas correas de transmisión cultural de la época, junto con los salones literarios, las academias científicas y los cafés. Las logias familiarizaron a las élites francesas con el vocabulario de las Luces, preparando sus mentes para aceptar reformas constitucionales, pero no para una insurrección violenta.
3. El Origen del Mito: Augustin Barruel y la Tesis del Complot
Para entender cómo se construyó la narrativa de la «conspiración masónica», es obligatorio viajar al exilio de los contrarrevolucionarios franceses en los años del Terror. El gran artífice de este mito fue el sacerdote jesuita Augustin Barruel, quien en 1797 publicó en Londres una obra que se convertiría en el superventas de la literatura de la conspiración: Memorias para servir a la historia del Jacobinismo (Mémoires pour servir à l’histoire du Jacobinisme).
La Ecuación de Barruel
La tesis de Barruel era simple, seductora y eximía de culpa a la propia monarquía por sus errores financieros y sociales. Según él, la Revolución Francesa no fue el resultado de una crisis sistémica, el hambre o las tensiones sociales, sino el producto de una conspiración perfectamente urdida por tres elementos:
Barruel afirmaba que los filósofos (como Voltaire y D’Alembert) habían destruido la fe cristiana; que los altos grados de la masonería habían adoptado un juramento secreto de venganza contra los reyes y el Papa; y que los Iluminati de Baviera de Adam Weishaupt habían infiltrado las logias francesas para aportar la estructura organizativa y el fanatismo político necesario para ejecutar el plan.
La Refutación Historiográfica
La historiografía contemporánea ha desmontado punto por punto la tesis de Barruel por carecer de rigor documental y basarse en falsificaciones o malinterpretaciones interesadas:
- El aislamiento de los Iluminati: Los Iluminati de Baviera fueron desarticulados por el gobierno bávaro entre 1785 y 1787, antes de la Revolución Francesa. Aunque su emisario Johann Joachim Christoph Bode visitó la logia parisina de los Filaleteos en 1787, las actas demuestran que no logró implantar su estructura ni su agenda política radical en las logias francesas.
- El shock de los propios masones: Si la masonería hubiera planificado la Revolución, sus líderes no habrían sido las primeras víctimas de la misma, como se verá más adelante.
A pesar de su falsedad histórica, el libro de Barruel tuvo un éxito colosal porque ofrecía una explicación sencilla a un acontecimiento traumático que había cambiado el mapa del mundo. El mito fue adoptado posteriormente por otros autores en el siglo XIX y principios del XX, como Maurice Talmeyr o el historiador revisionista Augustin Cochin, configurando la base del antiamasónismo político moderno.
4. Los Masones ante la Tormenta (1789-1794): Una Fraternidad Rota
La prueba definitiva de que la masonería no actuó como un bloque homogéneo o un «ejército secreto» durante la Revolución se encuentra en el comportamiento real de los masones tras la convocatoria de los Estados Generales en mayo de 1789.
Dispersión Política Total
De los 1.165 diputados elegidos para los Estados Generales de 1789, las investigaciones biográficas del historiador Daniel Ligou confirman que 214 eran masones. Sin embargo, estos 214 hermanos nunca formaron un grupo parlamentario cohesionado, no votaban en bloque ni seguían consignas de ninguna «Gran Logia». Por el contrario, se alinearon en todas las facciones políticas imaginables de la Asamblea, enfrentándose a muerte entre sí:
| Facción Política | Posición ante la Revolución | Figuras Masónicas Destacadas |
| Monárquicos Absolutistas / Conservadores | Defensores del Antiguo Régimen y las prerrogativas reales. | El Marqués de Cazalès y el Abad Jean-Sifrein Maury (feroces opositores a las reformas). |
| Constitucionalistas / Moderados | Partidarios de una monarquía constitucional al estilo británico. | El Marqués de La Fayette, el Conde de Mirabeau y Jean Sylvain Bailly (primer alcalde de París). |
| Girondinos / Republicanos Moderados | Defensores de la República, la propiedad privada y la descentralización. | Jacques Pierre Brissot y Nicolas de Condorcet. |
| Montañeses / Jacobinos Radicales | Partidarios de medidas radicales, centralismo y el Terror. | Georges-Jacques Danton, Camille Desmoulins y Jean-Paul Marat (cuya vinculación masónica es discutida pero probable en logias inglesas). |
Esta fragmentación demuestra que la iniciación masónica no anulaba el criterio político individual de sus miembros. La logia les había dotado de herramientas para el debate y conceptos filosóficos comunes, pero cada masón aplicó esas ideas de acuerdo con sus propios intereses de clase, convicciones morales y procedencia social.
El Caso del Duque de Orleans: «Felipe Igualdad»
El destino del Gran Maestro del Gran Oriente de Francia ilustra perfectamente la tragedia que supuso la Revolución para la orden. Luis Felipe José de Orleans abrazó la Revolución con entusiasmo, financió sectores radicales, cambió su nombre a Felipe Igualdad e incluso votó a favor de la ejecución de su primo, el rey Luis XVI.
Sin embargo, a comienzos de 1793, viendo el giro incontrolable y violento de los acontecimientos, el Duque de Orleans intentó desmarcarse de la orden. Publicó una carta en el Journal de Paris donde afirmaba que, dado que en la República no debía haber misterios ni sociedades secretas, él abandonaba por completo la masonería. De nada le sirvió: pocos meses después, durante el periodo del Terror jacobino, fue arrestado y guillotinado el 6 de noviembre de 1793.
5. El Impacto de la Revolución en la Masonería: El Silencio de los Templos
Lejos de beneficiarse del estallido revolucionario, la Revolución Francesa estuvo a punto de destruir por completo a la francmasonería. Durante los años más oscuros del proceso, especialmente entre 1792 y 1794 (bajo el dominio del Comité de Salvación Pública de Robespierre), las logias sufrieron una parálisis casi absoluta.
La Sospecha de los Jacobinos
Para los líderes del Terror jacobino, la masonería resultaba sospechosa por dos razones fundamentales:
- El Secreto: Una República que se proclamaba transparente e indivisible no podía tolerar que los ciudadanos se reunieran a puerta cerrada bajo el amparo de juramentos secretos. El club político (como el Club de los Jacobinos o el de los Cordeleros) era el espacio público legítimo; la logia privada infundía sospechas de contrarrevolución aristocrática.
- El Internacionalismo: La masonería mantenía fuertes vínculos fraternales con las logias de Inglaterra y Prusia, precisamente las potencias de la Primera Coalición con las que la Francia revolucionaria estaba en guerra.
El Cierre de las Logias
El Gran Oriente de Francia, que coordinaba la mayoría de los talleres del país, cesó prácticamente sus operaciones. De las más de 1.000 logias activas en 1789, menos de una docena continuaron reuniéndose de forma clandestina o semiclandestina durante el Terror. Sus archivos fueron escondidos, confiscados o destruidos; sus templos fueron requisados para usos militares o transformados en clubes políticos locales.
Muchos masones prominentes terminaron en el exilio o bajo la hoja de la guillotina. La fraternidad masónica se rompió en el cadalso: fue un masón (el verdugo Charles-Henri Sanson) quien accionó la guillotina que ejecutó a hermanos masones como el astrónomo Jean Sylvain Bailly o el Duque de Orleans. La orden masónica no fue la partera de la Revolución; fue una de sus víctimas institucionales más notables.
6. La Simbología Compartida: ¿Herencia Masónica o Préstamo Cultural?
Uno de los argumentos recurrentes utilizados por los defensores de la teoría de la conspiración para vincular a la masonería con la Revolución es la asombrosa coincidencia en la iconografía utilizada por ambos movimientos. Elementos como el Ojo de la Providencia (u Ojo que todo lo ve), el gorro frigio, la escarapela, la balanza de la justicia o el uso de tríadas conceptuales aparecen tanto en los documentos revolucionarios como en los diplomas masónicos de la época.
El Origen de los Símbolos
La investigación historiográfica del arte y de la simbología política demuestra que estas coincidencias no se deben a un dictado secreto de las logias, sino a que ambos movimientos bebieron de las mismas fuentes culturales: la Antigüedad Clásica (Grecia y Roma) y la iconografía religiosa cristiana secularizada.
- El Ojo que todo lo ve: No es un símbolo de invención masónica. Originalmente representaba la omnipresencia de Dios en la iconografía cristiana del Renacimiento y el Barroco. La masonería lo adoptó para representar al Gran Arquitecto del Universo, y la Revolución lo secularizó aún más para simbolizar la Vigilancia Ciudadana, la Razón o la Ley que ilumina la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.
- El Nivel y la Plomada: Símbolos masónicos por excelencia del trabajo constructivo y la igualdad moral. La Revolución los transformó en el emblema de la Igualdad Civil ante la Ley, plasmada gráficamente en multitud de grabados de la época donde se observa un nivel suspendido sobre los tres estamentos (nobleza, clero y tercer estado).
- La Tríada «Libertad, Igualdad, Fraternidad»: Durante el siglo XVIII, el lema oficial del Gran Oriente de Francia era «Unión, Fuerza, Virtud». Aunque los conceptos de libertad e igualdad eran nucleares en los debates masónicos, la célebre tríada republicana francesa (Liberté, Égalité, Fraternité) no fue acuñada por las logias, sino que emergió de forma espontánea en los discursos de oradores revolucionarios como Maximilien Robespierre en 1790 y se popularizó en los carteles de las secciones comunales de París. La masonería francesa la adoptaría de forma oficial mucho más tarde, durante la Segunda República (1848).
7. El Resurgimiento Bajo Napoleón: La Masonería Domesticada
El fin de la tormenta revolucionaria y la llegada del Consulado y el Imperio con Napoleón Bonaparte supusieron un giro radical en el destino de la masonería francesa. Lejos de perseguirla, Napoleón vio en la orden un instrumento perfecto para la estabilización y el control social de la Francia posrevolucionaria.
Una Institución del Estado
Aunque la pertenencia personal de Napoleón a la masonería sigue siendo motivo de debate entre los historiadores (algunas fuentes apuntan a una posible iniciación en su juventud en Malta o Egipto, aunque no hay registros definitivos), su actitud hacia ella fue instrumental y profundamente protectora.
Napoleón legalizó el Gran Oriente de Francia y lo colocó bajo la dirección directa de su propia familia. Su hermano, José Bonaparte (más tarde impuesto como rey de España), fue nombrado Gran Maestro de la orden. Su otro hermano, Luis Bonaparte, y archicancilleres del Imperio como Jean-Jacques-Régis de Cambacérès ocuparon los puestos más altos de la jerarquía masónica.
La Consolidación de los Logros Revolucionarios
Bajo el Imperio, la masonería experimentó una «edad de oro» en cuanto a número de logias y miembros, pero al precio de perder su independencia política y transformarse en una auténtica correa de transmisión del cesarismo napoleónico.
Las logias militares (instaladas dentro de los regimientos del ejército imperial) difundieron por toda Europa no la revolución jacobina y radical, sino el modelo de administración napoleónico, el Código Civil, la meritocracia burguesa y el fin de las estructuras feudales. Así, paradójicamente, la masonería contribuyó a expandir por el continente los principios de la Revolución de 1789 que habían sido institucionalizados y pacificados por Bonaparte.
Conclusión: El Verdadero Veredicto de la Historia
La revisión pormenorizada de las fuentes históricas reconocidas permite establecer una conclusión nítida y libre de mitologías sobre el binomio Masonería – Revolución Francesa:
- No existió un complot: La Revolución Francesa fue un fenómeno socioeconómico y político endógeno, provocado por el colapso financiero del Antiguo Régimen, las malas cosechas, el auge de la burguesía y el agotamiento del modelo absolutista. Ninguna organización con las dimensiones y la estructura de la masonería de la época tenía la capacidad logística, financiera o ideológica para provocar semejante cataclismo de forma dirigida.
- Influencia ideológica, no operativa: Las logias masónicas actuaron de manera indirecta como espacios de socialización donde la élite ilustrada de Francia asimiló los valores del debate democrático, la tolerancia y el mérito personal. Fue una escuela de ciudadanía y civismo moderno, pero no un comité de acción revolucionaria.
- Víctima del radicalismo: La orden sufrió el embate destructivo del proceso revolucionario cuando este se radicalizó. Los masones se dividieron políticamente y se persiguieron entre sí en función de sus posturas individuales, lo que provocó el cierre y desmantelamiento de los templos masónicos durante el Terror.
En definitiva, la francmasonería no hizo la Revolución Francesa, sino que fue la propia Revolución Francesa la que transformó profundamente a la francmasonería. El proceso revolucionario forzó a las logias a abandonar el elitismo cortesano y aristocrático del siglo XVIII para, paulatinamente y a lo largo de todo el siglo XIX, convertirse en la institución firmemente comprometida con los valores democráticos, el librepensamiento y el republicanismo secular que conocemos en la actualidad.
Fuentes Bibliográficas de Referencia Histórica
- Porset, Charles: La Masonería y la Revolución Francesa: del mito a la realidad. Actas del III Symposium de Metodología aplicada a la Historia de la Masonería Española. Zaragoza, 1989.
- Ferrer Benimeli, José Antonio: Masonería, Iglesia y Ilustración. Madrid, 1982.
- Ligou, Daniel: Histoire des Francs-Maçons en France (1725-1815). Privat, Tolosa, 2000.
- Jacob, Margaret C.: Living the Enlightenment: Freemasonry and Politics in Eighteenth-Century Europe. Oxford University Press, 1991.
- Martin, Gaston: La Franc-Maçonnerie française et la préparation de la Révolution. París, 1926.
- Barruel, Augustin: Mémoires pour servir à l’histoire du Jacobinisme. Londres, 1797 (Analizado como fuente historiográfica primaria del origen del mito).
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